Comunicado de prensa 053/19

MENSAJE DE NAVIDAD

22 de diciembre de 2019

Estimados hermanos que peregrinan en la Diócesis de Tapachula: laicos, religiosas, religiosos y sacerdotes, estamos próximos a iniciar este bello tiempo de la Navidad. La noche del 24 de diciembre irradia ya con su luz nuestros corazones. No quisiera que pasáramos estas fechas distraídos en las prisas y los ruidos que se van haciendo cada vez más característicos de estos días. Todos atestiguamos que cada día los retos y las dificultades son más difíciles de ir afrontando. La crisis migratoria, el narcotráfico, los homicidios, los secuestros, la promoción del aborto y eutanasia, la deforestación y poco cuidado de la naturaleza, los pocos empleos, la incertidumbre de un gobierno que trata de ir resolviendo los asuntos pendientes, la economía que encarece algunos productos básicos, entre otras situaciones van empujando a que estos días los vivamos con un sentido de desesperanza y desilusión.

Quiero exhortarlos nuevamente a “volver la mirada al Señor”. Esta invitación se las hice en la carta pastoral que emití el 14 de septiembre pasado, al cumplirse año de caminar con ustedes. “Volver la mirada al Señor” en estas fiestas de Navidad nos permite contemplar al niño Jesús. El Papa Francisco en su carta sobre el pesebre nos recordó la intención de San Francisco de Asís al realizar el primer nacimiento viviente en la historia: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». El Señor Jesús, el Hijo de Dios, viniendo a este mundo y hacerse hombre como nosotros, encuentra sitio donde los animales van a comer. El heno se convierte en el primer lecho para Aquel que se revelará como «el pan bajado del cielo» (Jn 6,41). Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía: «Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros» (Serm. 189,4).

Esta bella tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén o nacimiento como le llamamos en la región, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las parques, es realmente un ejercicio de creatividad que nos recuerda el papa en su carta. Quisiera que la noche del 24 en la celebración de la Santa misa de Noche Buena pudiéramos detenernos ante este signo admirable de belleza y ternura. Contemplar al Señor Jesús como niño, nos permitirá traspasarnos por su amor. Aquel que después será traspasado por nosotros, ahora viene a traspasarnos con su amor recostado en un pesebre.

Siempre que representamos el nacimiento solemos ponerle un cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Esto tiene un significado, representa ese momento de nuestras vidas en que la noche oscura de los problemas y las dudas nos envuelven. El nacimiento nos recuerda que Dios no nos deja solos, sino que se hace presente con su luz en medio de esa oscuridad para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré? Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79).

“Volver la mirada al Señor” y contemplarlo ahora como niño, nos permita sentirnos afianzados interiormente por su cercanía amorosa y nos posibilite afrontar los retos y problemas venideros con fe y esperanza.

Que el Niño Jesús que nació en Belén y nace diariamente en nuestras vidas nos permita vivir cada segundo y cada instante de nuestras vidas colmadas de su amor y de su luz.


Fraternalmente

+ Jaime Calderón Calderón

VIII Obispo de Tapachula