Carta a la familia diocesana de Tapachula, Chiapas

5 de julio del 2020

Estimadas hermanas y hermanos de esta familia diocesana de Tapachula. Mi boca y mi corazón hacen eco de las palabras del salmista para saludarlos: “Alzo los ojos a los montes: ¿de dónde vendrá mi auxilio? Mi auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra” (Sal 121, 1-2).

Les saludo con amor y fe en medio de las preocupaciones y temores propios de este momento crítico de la emergencia de salud por la COVID. Mi saludo va unido a una oración muy sentida a Dios nuestro Padre: cuida y protege, Padre, de tus hijas e hijos de mi familia diocesana de Tapachula. A cada uno de ellos, según la situación que esté viviendo, llena su corazón de fortaleza, muéstrales tu cercanía y dales tu paz.

Por el testimonio de algunos sacerdotes que se nos han contagiado y de tantos hermanos nuestros muy cercanos, sabemos que el virus es real, agresivo y mortal. Muchas familias han perdido a algún ser querido por el virus y, en muchos hogares de nuestra familia diocesana, hay contagiados y enfermos. El camino de quien se contagia es de temor, dolor, impotencia, angustia, soledad y desesperación. Pero también he escuchado bellos testimonios de quienes han combatido con profunda fe estos momentos, sintiéndose abrazados por la atención, el cuidado y amor con que han sido tratados.

Dios me ha encomendado caminar con esta Iglesia diocesana. Sintiendo su dolor, con cercanía y amor de Padre que sufre, quiero hacer llegar a todos una palabra de fortaleza y, de forma muy especial, a quienes lo van sufriendo más de cerca.

Hermanos enfermos, el virus nos puede ganar si estamos solos, pero, si no nos soltamos de la mano de Dios, lo podemos vencer. Manténganse firmes en la fe, siéntanse muy cerca de Dios que, en todo momento, un servidor y muchos hermanos estamos pidiendo a Dios por Ustedes. Ánimo, hermanos enfermos, ofrezcan a Dios este dolor por Ustedes mismos y por los que Dios les ha encomendado.

Hermanos que han perdido algún familiar, Dios es el dueño de la vida, nosotros la recibimos como un don y hacemos todo lo que podemos por cuidarla. Sin embargo, cuando Él considera que hemos concluido nuestro peregrinar aquí en la tierra, con dolor, pero también con confianza, le entregamos a los nuestros con la confianza de volvernos a ver contemplando cara a cara su rostro, así como nos lo prometió y mostró en su Hijo Jesús.

Hermanos que tienen algún enfermo en casa o en las Clínicas COVID. Si el enfermo está en casa, cuídenlo con atención y cariño, pero sin descuidar las precauciones debidas porque este virus es peligroso y traicionero. Traten de aislar al enfermo y de poner aparte todo lo que use: plato, vaso, cuchara, ropa personal y de cama; hay que darle agua, alimento pero sobre todo llénenlos de amor y ternura porque también son momentos de profunda soledad y miedo. Nuestros enfermos son una ocasión para asistir a Jesús que sufre en nuestros familiares enfermos.

Si tenemos un enfermo hospitalizado pidamos a Dios por él y por el personal sanitario que lo atiende. Procuremos llevar a los enfermos a revisión desde los primeros síntomas, cuanto más nos tardemos más difícil será su recuperación. Valoremos y agradezcamos la labor del personal sanitario. Todos estamos unidos en la lucha por la vida, pero ellos son los primeros que sufren cuando el virus vence a alguno de nuestros enfermos. Valoremos su labor por el esfuerzo, no por los resultados. El mejor esfuerzo es tarea del personal sanitario, la vida es un don que Dios da, solo Él es el dueño de la vida.

Hermanas y hermanos del personal sanitario ustedes son un rostro de la misericordia de Dios para nuestros hermanos enfermos y para todos nosotros. Cuídense mucho porque también Ustedes tienen una familia que cuidar y que los espera en casa. Hagan su mejor esfuerzo y sientan la confianza de la cercanía de Dios Padre que les acompaña muy de cerca.

Hermanas y hermanos del personal sanitario que atienden a los enfermos de forma particular. Tengan presente la fraternidad, la solidaridad y el cuidado de los más pequeños. Les encomendamos a los hijos más pobres de nuestra familia diocesana, todo lo que hagan por ellos Dios se los va a restituir.

Hermanas y hermanos todos de esta familia diocesana: hoy es un tiempo favorable para permanecer unidos y combatir juntos con profunda caridad cristiana esta situación endémica. La soledad nos debilita. Si queremos salir vencedores sólo será posible haciéndolo juntos. Cuando más abrumados nos sintamos por el dolor, la angustia, la impotencia y la desesperación; cuando el corazón se entristezca al ver el sufrimiento y la muerte de nuestros familiares más cercanos; cuando pensemos que todo es irremediable y estamos abandonados, envuélvanse en la bandera de la fe, sientan la fuerza de la oración de un servidor y de la comunidad y repitan con el salmista: “Alzo los ojos a los montes: ¿de dónde vendrá mi auxilio? Mi auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra”.

El Señor es nuestra fortaleza y nuestro consuelo. Sólo en Él nuestro corazón encuentra la paz. Con plena confianza en Él, por la intercesión de San José y nuestra amada Reina Margarita Concepción, recorramos con serenidad este tiempo intenso de la historia por la emergencia de salud, con la seguridad de quien cree en la promesa del Señor Jesús no será defraudado: “yo estaré con Ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,16-20).

Con mi afecto y bendición, fraternalmente:

+ Jaime Calderón Calderón

Obispo de Tapachula